Apuntes de trabajo. Elementos para un balance del movimiento estudiantil de 1999-2000
César Ortega
Enrique Pineda
César Ortega
Enrique Pineda
1. Introducción
Este texto intenta varias cosas a la vez, y quizá no puede ser de otra manera. Esta suerte de mirada --de vuelta al pasado-- responde a la atinada convocatoria de los compas de palabras pendientes para participar del necesario debate en torno al pasado reciente, el presente y el futuro de nuestra universidad, y de su lugar en nuestro país y sociedad; también quiere aportar, junto con otros muchos, a la memoria de la organización, la lucha y la solidaridad estudiantil de 1999-2000. Además, intenta combinar elementos teóricos y políticos que van de la mano de la experiencia y el testimonio, para construir una interpretación del movimiento de huelga 1999-2000, intentando superar la consigna, la pertenencia de grupo, el juicio dogmático y dejando claro que entendemos las limitaciones de nuestras perspectivas.
A la vez, este texto se dirige a quienes participamos en el movimiento, interpelándonos como adultos más o menos jóvenes, a los jóvenes que entonces eran muy jóvenes, e intenta hacer su parte en un balance, aún tremendamente difícil, pero absolutamente necesario para entender la situación actual --de la larga crisis-- de la organización estudiantil en la UNAM y en la ciudad de México, y su relación con otras luchas sociales en México en el presente, intentando generar una panorámica para todos aquell@s que no participaron de la dinámica interna del movimiento y quieran acercarse a uno de los --entre varios-- momentos más convulsos de la historia reciente de nuestro país.
2. Breve cuestión de método
Así las cosas, vamos a partir de dos ideas, a manera de método: la primera es la idea de que los hechos históricos son el resultado de la cristalización de un determinado momento en la relación de fuerzas en el campo sociopolítico, o dicho de otra forma, que los hechos y acontecimientos históricos tienen lugar como resultado del equilibrio, siempre inestable, en un momento determinado, de tendencias históricas, intereses económicos, fuerzas políticas, y grupos sociales que se enfrentan. La segunda idea tiene que ver con entender que todo acontecimiento histórico es también resultado de multitud de acumulaciones previas, de decisiones o acontecimientos previos, que han abierto o cerrado oportunidades o posibilidades para el devenir histórico.
3. Primer acercamiento
La primera pregunta que deseamos abordar desde estas ideas es: ¿El movimiento estudiantil tuvo un triunfo o una derrota? ¿Qué significó la solución represiva, sobre todo, atendiendo a las características de esa represión? ¿Por qué la represión al movimiento estudiantil de 1999-2000? o más correctamente, ¿fue la represión al movimiento una dirección ineludible de los acontecimientos?
La idea del triunfo o la derrota será arbitraria siempre que sea pensada fuera de contexto. Para situar una posible respuesta, debemos partir de las características del sistema político mexicano y, sobre todo, en uno de los pilares básicos del régimen de Estado en México: el corporativismo. Para no perdernos en este asunto, por corporativismo vamos a entender una forma de organización social en la que el poder político estatal integra a los sectores sociales (trabajadores agrupados en sindicatos, campesinos, comerciantes, artesanos y muchos otros sectores sociales, organizaciones vecinales, etcétera) resolviendo de distintas formas las necesidades sociales o las demandas de la población, pero siembre combinando dos herramientas en una forma autoritaria y selectiva: si te sometes y te subordinas, individual y colectivamente (cooptación), dádivas, concesiones y derechos, pero si te organizas por tu cuenta, exiges o confrontas al Estado… cárcel, muerte o desaparición. De alguna manera, la obtención de concesiones por parte del Estado mexicano ha estado siempre ligada a la reafirmación de la autoridad y el poder político del mismo, por lo que, en muchos casos, la represión a los movimientos acompañó también a la obtención de sus demandas… y a su desarticulación.
Otra línea de interpretación diría que en la medida en que el movimiento falle en tomar el poder y hacerse del control de los aparatos de Estado, habrá fracasado…
Nuestra interpretación sobre el triunfo o derrota de un movimiento (conceptos estáticos que no sirven demasiado para ilustrar la dinámica cambiante e inestable de la realidad y de la luchas) reside más bien en dos aspectos interrelacionados: 1) la capacidad de articulación que puede desarrollar un movimiento para evitar la represión, sobre todo elevando su costo político o elevando el costo político de ésta y 2) en la conservación de su capacidad defensiva, pero sobre todo, en su capacidad de mantener la iniciativa política en el transcurso de las cambiantes relaciones de fuerza.
4. Un balance
El reto de realizar un balance sobre el movimiento universitario 99-2000 es quizá comprender cómo se detona la potencia de la acción colectiva masiva, cuáles son los mecanismos y subjetividades que se rompen y que se construyen para empujar la desobediencia generalizada, no sólo frente a los símbolos de la autoridad universitaria, sino también el desafío al poder del Estado y de una sociedad que histórica y culturalmente han intentado contener y controlar la potencia, la creatividad y las capacidad de renovación de los jóvenes. Esa potencia, representada en el movimiento por las tomas masivas de las facultades, las movilizaciones, boteos, brigadas, saloneos, volanteos y el posterior despliegue de imaginación y creatividad en innumerables acciones de protesta, bloqueo, difusión y recaudación de fondos, es una pregunta abierta que la izquierda tradicional ha explicado sólo a partir del voluntarismo militante, la concientización de vanguardia y otras explicaciones a todas luces insuficientes.
Para nosotros, un balance necesario sobre lo ocurrido, sobre lo aprendido, sobre lo compartido, sobre lo alcanzado, sobre lo sufrido, sobre los alcances y las consecuencias del movimiento que construimos en un par de semanas decenas de miles de estudiantes --y centenas de miles de personas si consideramos la solidaridad que rodeó al movimiento-- aún no ha tenido lugar: por la represión, por la desarticulación y la desmovilización que le siguió, por el desarrollo específico de las contradicciones internas el movimiento, por las formas de control que le siguieron en el período del rector de la Fuente, por el papel desempeñado por la “izquierda” institucional, por el profundo proceso de desgaste (el equivalente de la guerra de baja intensidad*) instrumentado por el conjunto del sistema político y el poder empresarial y mediático.
5. La potencia de la desobediencia
Sobre el movimiento de 1999-2000, pesa aún una doble carga de estigmatización y de incomprensión, que su vez tiene que ver con dos formas distintas de ocultamiento: lo que no se quiere que se vea y que se sepa, y lo que aún no puede verse y comprenderse.
¿Cuáles fueron los mecanismos que detonaron la rabia, la indignación, la participación de los estudiantes en un contexto cuyo balance objetivo y racional no permitía anunciar la emergencia de un movimiento estudiantil, con la magnitud que tuvo, con la repercusión histórica que hoy tiene? Sabemos quienes participamos en el movimiento que necesitamos, además de las explicaciones objetivas, narraciones y reflexiones sobre cómo se construyen formas nuevas de subjetividad, las de las y los jóvenes que de manera abrupta decidieron pasar de obedecer la cotidianidad escolar y las decisiones antidemocráticas de las autoridades, a cuestionarlas e impugnarlas para después tratar de detenerlas, comenzando por reocupar el espacio universitario con acciones de protesta, boicot, bloqueo, para después generar prácticas de organización, decisión y deliberación colectivas, de participación y ruptura, de fiesta y de protesta. Debería ser reconocido que muchos de los mecanismos y procesos por los se generan nuevas formas de subjetividad --de ruptura, les llamamos--, no los entendemos y lo más importante, no los controlamos. Las sensaciones y emociones de las estructuras de sentimientos que generaron la participación inesperada de miles estudiantes universitarios no fueron generados por los grupos militantes y organizados previos al inicio de las movilizaciones y la decisión del alza de cuotas. La masiva generalización de participación y desobediencia es el nodo del movimiento estudiantil porque sólo a través de la potencia de la acción conjunta pudo mantenerse la reocupación del espacio universitario y la confrontación con el aparato de Estado.
Esa potencia es la que dio voz a la dirección reunida en el Consejo General de Huelga, y es la que cuestionó no sólo el autoritarismo y las tradicionales formas políticas del aparato burocrático universitario sino también puso en jaque a las formas tradicionales de la izquierda estudiantil. Esa potencia fue la que mantuvo al país en vilo, la que evidenció la mentira discursiva del aparato de la Universidad, la que mostró las contradicciones, inercias y límites de la educación superior representada en la máxima casa de Estudios. Esa potencia, sólo posible por la ruptura subjetiva de quienes decidieron, de quienes decidimos participar, y la acción colectiva en torno a esa nueva subjetividad y al pensamiento político compartido, permitió un umbral de posibilidades que desde hacía décadas no se había visto y que incluso semanas antes eran incluso imaginables. Miles de estudiantes de pronto informándose, deliberando, en solitario, en parejas, en grupos o en asambleas. Miles de cuerpos obstaculizando la normalidad dominante. Miles de voces tratando de hacerse oír, explicándose. Miles de estudiantes que sólo unos meses antes seguían una rutina preestablecida sobre lo que significa lo escolar y lo universitario, lo permitido y permisible, lo normal y lo anormal, hicieron estallar en mil pedazos esas fronteras de autocontención, autodisciplina y obediencia hacia lo dominante, demostrando que el poder se disuelve frente a la desobediencia generalizada, que los mecanismos de control estallan frente a la acción organizada – y no tan organizada- de la participación masiva, que la Universidad no era ni es un espacio de inercia y sin fisuras en su propia estructura de dominación y obediencia. Esa potencia, generada por la rabia e indignación de la decisión autoritaria, por el nihilismo y a la vez romanticismo de una generación de fin de siglo que no tenía porqué luchar, pero se entusiasmó, creyó y luchó; esa potencia generada por el hartazgo y asfixia de la exclusión pero sobre todo de la aburrida, tediosa y rutinaria cotidianidad de la universidad; esa potencia creada por miles de acontecimientos personales y colectivos que hicieron sentir a quienes participaron que era posible, que descubrían lo político como un universo paralelo hasta entonces escondido o inexplicable y que hacía SENTIR a todas y todos como sujetos, como personas con voz, con opinión, que hacía sentir la fuerza colectiva de la desobediencia y la rebeldía frente al poder, frente al pequeño déspota que regía la universidad y al gran poder, el del Estado autoritario priísta, los medios de comunicación, la Iglesia, los medios de comunicación, los académicos renombrados, las “buenas conciencias mexicanas”.
Esa potencia, pensamos, debe ser el centro de nuestro análisis porque en esa potencia aprendimos, crecimos, vivimos los 10 meses de desobediencia, participación y hasta comunalidad creada en marchas, trabajos del movimiento y gestión del espacio y la vida en la ocupación universitaria. En esa potencia descubrimos que podíamos desobedecer y crear reglas, formas, división del trabajo, tomar decisiones en formas alternativas, y que éstas eran, en cierto sentido, mucho mejores a lo que antes vivíamos, conocíamos y obedecíamos.
Esa potencia debe ser el centro de nuestro análisis para saber cómo cultivarla, replicarla, reproducirla, generarla, invocarla, analizarla, soñarla y entender su dinámica en los movimientos que vendrán, en las nuevas rebeldías que se están gestando, tanto en los grandes momentos de insurrección generalizada como en los pequeños espacios micropolíticos de resistencia en la universidad y fuera de ella. En esa potencia… triunfamos, abriendo un boquete, una fisura en la normalidad dominante… aunque sólo fuera por 10 meses.
Esa potencia, sin embargo, fue desactivándose a partir del mes de junio del año de la huelga. Fue disolviéndose, desarticulándose, desmovilizándose, desgastándose. Los mecanismos que provocaron una progresiva desactivación de la desobediencia estudiantil generalizada son conocidos: alargamiento de la resistencia que provocó desgaste; confusión política por el horizonte de lucha que provocó desánimo; división y ruptura interna que provocó hastío y decepción; provocación y violencia que provocó temor. De nueva cuenta, numerosas subjetividades, lejos, muy lejos del análisis ordenado, objetivo, y racional sobre el movimiento influyeron en la desactivación del movimiento. El asalto final en Prepa 3 y la operación de los militares PFPos no son las acciones represivas que terminan con el movimiento y lo derrotan. Es la desactivación de la potencia del movimiento lo que permite la represión, como afirmamos al principio. La derrota no es la violencia estatal, la derrota es la desactivación de la participación masiva que permitía la correlación de fuerzas que sostenía la huelga. La desactivación de la potencia colectiva permitió al Estado avanzar, retomar, reocupar y comenzar el reordenamiento de la obediencia en la Universidad – no sin obstáculos y sin trabajos- que volvería a gobernar a la UNAM.
Los mecanismos y razones de activación y desactivación objetiva y subjetiva de esa potencia debe ser nuestro centro de análisis, porque todas las formas de análisis de los movimiento sociales y la tendencia general en el sentido común, camina en la dirección de confundir al movimiento con el consejo de delegados (CGH), confundir el consejo de delegados con las corrientes u organizaciones políticas que operaban en el movimiento y, peor aún, cifrar toda la complejidad anterior en las figuras equívocas de los dirigentes o seudo dirigentes—algunos de los cuales, creados sus dirigentes. El movimiento fue- como siempre- mucho más que una asamblea desordenada y polarizada reunida en un auditorio escolar. Concentrarse en los errores, límites y torpezas del Consejo General de Huelga, como instancia centralizada de construcción de acuerdos es una reducción que a diez años no podemos repetir, porque nos encierra en un corralito autoconstruído entre los activistas y militantes “profesionales”.
Esa potencia debería ser reabierta, reanalizada y abordada desde nuevos ángulos: desde las nuevas formas de división del trabajo organizativo, desde la participación de las mujeres y los grupos de diversidad sexual; desde la recuperación y el análisis de los mecanismos de toma de decisiones horizontales --que existieron y fueron numerosos-- para nombrarlos y aprender de todos ellos. Esa potencia debería ser recordada como incontenible por el poder y como una hazaña de miles de chavos y chavas que lo desobedecimos y que temporalmente construimos-impusimos una fuerza de irrupción que siempre será recordada.
6. Las líneas más amplias de un balance por hacerse
Desde este marco general, consideramos que no han existido hasta ahora, los espacios de discusión política y académica, amplia, plural y respetuosa, espacios de elaboración reflexiva del proceso político y del trauma social que representó la salida represiva organizada por el Estado, que incluyan no sólo a los activistas y a los estudiantes universitarios, sino a los docentes y estudiantes de otros centros de educación media superior y superior, sindicatos, organizaciones campesinas, familias y amplios sectores de la sociedad civil que simpatizaron con el movimiento en sus fases iniciales y que demandaron la liberación de todos los estudiantes presos en la emboscada-operativo del 1º y del operativo de Estado del 6 de febrero del 2000. Es en este marco en el que requieren situarse las dificultades para valorar los resultados del movimiento, a diez años de que estalló la huelga, en abril de 1999.
Nosotros encontramos cinco ejes posibles para articular una perspectiva y un balance sobre el movimiento estudiantil de huelga de 1999-2000, que quedan para un desarrollo ulterior.
A) Sobre la cultura política y las herencias sociopolíticas y culturales en las que se gestó el movimiento
-- La dialéctica de la continuidad y la discontinuidad de los movimientos estudiantiles en México
-- La influencia decisiva del régimen de partido de Estado en las formas de cuestionamiento y ruptura
-- El significado del levantamiento zapatista de 1994: la ruptura con el sistema político y las experiencias de participación social y política del estudiantado mexicano en el fin de milenio; el aprendizaje de los Acuerdos de San Andrés; las luchas sociales y populares que detona el levantamiento zapatista, en México y en otras partes del mundo
B) La diversidad de formas organizativas y de participación política en el seno del movimiento
-- Los colectivos como espacios de confluencia de intereses y proyectos; las organizaciones políticas, con estatutos, programa e ideología definidos, generalmente con una forma organizativa y una lógica del crecimiento como organización; las asambleas como espacios de encuentro, deliberación y resolución colectiva; los grupos de afinidad, abiertos e inorgánicos, formados en el calor y la dinámica del movimiento; finalmente, la participación masiva, informal y decidida, de miles de jóvenes, de cientos de profesores y de padres de familia que se solidarizaron con el movimiento,
C) Las contradicciones internas del movimiento
El juego móvil e inestable de las tensiones entre:
-- las formas autoritarias y formas democráticas, cuya tensión o contradicción se percibe desde los gestos personales, pasando por los estilos políticos, la cultura organizativa, en las formas de plantear y argumentar/defender/imponer las propias posturas;
-- las distintas lógicas organizativas y de formas de participación
-- la “lógica interna” del movimiento y la de otros actores y fuerzas sociales y políticas
-- entre el principio de la solidaridad y el nihilismo profundo de la generación adolescente y veinteañera de fin de siglo
D) Los aportes, las novedades, las creaciones del movimiento
-- El carácter emergente e incierto de la construcción del movimiento estudiantil
-- El enorme despliegue de energía, de trabajo y de imaginación de los estudiantes
-- La capacidad creadora, práctica y organizativa manifestada en la lucha
-- Los resultados: el puente entre las luchas del pueblo mexicano y la universidad
-- Los experimentos, los aportes de democracia directa y participativa
-- El hermanamiento, la solidaridad, la resistencia: el renacimiento de la mística de la universidad al servicio del pueblo
-- la legitimidad incontestable de las demandas que logró construir el movimiento durante un período específico de tiempo
E) Otros elementos para un balance
-- las dificultades del movimiento para articular sus propias capacidades de interlocución y diálogo (la experiencia del movimiento del 86-87 dejó profundas huellas en lo que refiere al estudiantado y sus formas de liderazgo. Las experiencias de traición y cooptación que acompañaron la memoria del movimiento, pero también formas de descalificación tendientes a reforzar el propio protagonismo político, crearon condiciones, para que las formas de rotación se convirtieran, de una forma organizativa democrática, en un planteamiento dogmático que imposibilitó centrarse en las capacidades de diálogo y articulación que el movimiento tenía) y articulación que demostró el Consejo General de Huelga
-- la cooptación de otro número indeterminado de activistas y estudiantes por un prominente partido político de “izquierda”
-- la deriva de un número indeterminado de neoactivistas y estudiantes hacia otras luchas, organizaciones y movimientos sociales, en una clara repetición de la tendencia posterior al 68 y el 71
-- el desencanto, la desolación, la renovada frustración, el coraje y la impotencia, combinada con la continuación de la estrategia de “guerra de baja intensidad” del rectorado de Juan Ramón de la Fuente
-- el contexto de los intentos de la reorganización: polarización, apatía, estigmatización, dispersión, nuevas y viejas formas de control
-- la continuidad de las reformas en el Congreso “por etapas” que llevó a cabo la CECU, presidida por José Narro, otras universidades, implantación del modelo con nuevas estrategias y un manejo político distinto
-- la permanencia del mecanismo-filtro del Ceneval para el ingreso, determinación socioeconómica del ingreso, perfil del estudiante de ingreso en los 80’s, 90’s, 200…
-- la cultura individualista y mercantilización del conocimiento prevaleciente en la universidad
-- la situación de deterioro y la crisis educativa generalizada
Me llama mucho la atención el trabajo que están haciendo, ya que ubican su propia experiencia en el campo de la investigación, por lo tanto de la construcción de conocimiento, se colocan como sujetos que se investigan.
ResponderEliminarMe interesaría preguntarles cómo ven ustedes las organizaciones estudiantiles, después de la Huelga del 1999.
José Carlos Buenaventura